'Winnipeg', el barco con el que Neruda salvó a más de dos mil refugiados españoles.

Una historia de amor, valentía y compromiso con la humanidad. Tomado de http://www.nerudavive.cl/index.php/pablo-neruda/207

Si se realizara una encuesta para determinar cuál es el mejor poema de Neruda, seguramente se generaría una gran discusión y sería una tarea de largo aliento, sin un resultado seguro. Algunos se inclinarían por los contenidos en “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; otros lo harían por los que constituyen“Alturas de Macchu Picchu” y muchos, por su extenso “Canto General”. Sin embargo, para obtener la respuesta más segura bastaría con leer lo que el mismo poeta dejó escrito en sus memorias: “Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero que no se olvide nunca este poema que hoy recuerdo”, como lo señaló en el Cuaderno 6 de su “Confieso que he vivido”, refiriéndose al rescate desde suelo francés de 2.365 españoles que logró embarcar en el legendario Winnipeg para ponerlos a salvo en su  tierra natal haciendo verbo eso que expresa el Himno Nacional de Chile “…o el asilo contra la opresión”. En recuerdo de esa gesta histórica, Neruda compuso el poema titulado “Misión de amor”, que en su libro “Memorial de Isla Negra”,

puede leerse:

Yo los puse en mi barco.

Era de día y Francia

 su vestido de lujo

de cada día tuvo aquella vez,

fue

la misma claridad de vino y aire

su ropaje de diosa forestal.

Mi navío esperaba

con su remoto nombre “Winnipeg”

Pero mis españoles no venían

de Versalles,

del baile plateado,

de las viejas alfombras de amaranto,

de las copas que trinan

con el vino,

no, de allí no venían,

no, de allí no venían.

De más lejos,

de campos de prisiones,

de las arenas negras

del Sahara,

de ásperos escondrijos

donde yacieron

hambrientos y desnudos,

allí a mi barco claro,

al navío en el mar, a la esperanza

acudieron llamados uno a uno

por mí, desde sus cárceles,

desde las fortalezas

de Francia tambaleante

por mi boca llamados

acudieron,

Saavedra, dije, y vino el albañil,

Zúñiga, dije, y allí estaba,

Roces, llamé, y llegó con severa sonrisa,

grité, Alberti! y con manos de cuarzo

acudió la poesía.

Labriegos, carpinteros,

pescadores,

torneros, maquinistas,

alfareros, curtidores:

se iba poblando el barco

que partía a mi patria.

Yo sentía en los dedos

 las semillas

de España

que rescaté yo mismo y esparcí

sobre el mar, dirigidas</